Los ascensos de Rodil
Del libro Funeral para una mosca

A FINES DE LOS años Sesenta del siglo XX, estuvo de moda en gran parte del mundo un libro titulado El Principio de Peter , que era un tratado sobre la incompetencia. Este libro había sido escrito a cuatro manos por el doctor Laurence Peter y el periodista Raymond Hull.
Dicho Principio establecía que “en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Una vez alcanzado dicho nivel, el empleado ya no obtenía más ascensos.
El corolario del Principio de Peter señalaba además que “con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones”.
 
La omisión de Peter
 
En Latinoamérica –como en gran parte del mundo–, el Principio de Peter fue un best seller. Pero lo fue en nuestros países hasta que se descubrió que el principio no era aplicable en absoluto a nuestra realidad. Miles de empleados alcanzaban su nivel de incompetencia pero continuaban ascendiendo en las jerarquías, como si fuesen individuos aptos y eficientes.
Para colmo, en los nuevos y más elevados cargos no sólo seguían siendo incompetentes, sino que aspiraban a subir aún más... Y lo hacían.
Por eso nos llenamos de presidentes y candidatos a la presidencia que nada sabían de administración -ni siquiera habían administrado alguna vez sus hogares-, e ignoraban lo que significaba la palabra gerencia . De empresarios que desconocían la aritmética y de legisladores que jamás habían leído completo –y comprendido-, el texto de una ley.
Los autores de El Principio de Peter no conocían esta realidad y por ello no tomaron en cuenta que, en Latinoamérica, hay cuatro factores que posibilitan los ascensos, incluso cuando ya se ha alcanzado el nivel de incompetencia. Tales factores son: la adulación, el nepotismo, el amiguismo y el chantaje.
En nuestros países, muchas personas han ascendido a elevados cargos públicos o privados, gracias a uno o más de esos factores. Y luego han permanecido en ellos exhibiendo su incapacidad, pese a la oposición y el padecimiento de comunidades enteras. El fenómeno, sin embargo, no era nuevo en nuestro subcontinente y tenía antecedentes históricos. El más notorio de ellos fue José Ramón Rodil y Galloso, un militar y político español que vivió entre 1789 y 1853.
 
El inepto
 
El general José Ramón Rodil y Galloso nació en 1789. Se distinguió en la guerra de Independencia del Perú por un rigor excesivo y una crueldad ilimitada, puesta de manifiesto durante su defensa del puerto de El Callao, en 1825. Tal fue su ensañamiento con los prisioneros y aun con sus propios soldados, que la historia peruana lo menciona con antipatía y no recuerda ningún rasgo suyo que desmienta o atenúe al menos esa oprobiosa memoria.
Mas, como quedó demostrado después, su inhumanidad y su celo excesivo se debían a una ineptitud que, paradójicamente, lo llevó a puestos de gran responsabilidad, dentro y fuera de España. Como en muchos casos que en pequeña escala ocurren hoy a nuestro alrededor, mientras Rodil se mostraba más inepto, más altos eran los cargos que se le confiaban.
Cuando José Ramón Rodil y Galloso retornó a España, tras cumplir su servicio en Perú, tomó partido por la reina Isabel II contra Don Carlos, el pretendiente al trono español, y le fue otorgado el mando del Ejército del Norte.
Durante su estancia en Perú, sus errores no se notaban tanto porque estaba al otro lado del océano y, además, tenía todo el territorio sudamericano de por medio. Pero estando en España, la perspectiva era otra, por lo que pronto fue destituido.
Sin embargo, en lugar de apartarse de la vida militar, Rodil siguió en ésta y, tras su destitución como jefe del Ejército del Norte, recibió nada menos que el cargo de Ministro de la Guerra.
Si en puestos de menor responsabilidad José Ramón Rodil y Galloso demostró con creces su ineptitud, en el Ministerio de la Guerra no hizo nada como debía y fue de desacierto en desacierto, hasta que al fin lo despidieron.
 
Premios de consolación
 
Sin embargo, en 1841, cuando Baldomero Espartero -duque de la Victoria y príncipe de Vergara-, se erigió en regente tras la abdicación de la reina Maria Cristina de Borbón -madre de Isabel II-, José Ramón Rodil y Galloso consiguió un nuevo cargo: el de Presidente del Consejo, un cargo similar al de un Primer Ministro actual.
Como era de esperarse, el general Rodil fracasó de nuevo y otra vez fue destituido, debido a su absoluta incapacidad para hacer lo que se esperaba de una persona de su rango.
Espartero se vio en la obligación de darlo de baja pero, para que Rodil no se sintiera tan mal, le entregó como premio de consolación el Virreinato de la ciudad de Nápoles, donde el inepto general volvió a dar muestras de su total incompetencia.
Mas, Rodil debió ser un verdadero maestro en el dudoso arte de la adulación o en el del chantaje, pues sólo así se explica que cuando salió de Nápoles –también de manera forzada-, obtuvo, de modo sucesivo, la Capitanía General de las provincias de Extremadura, Valencia, Aragón y Castilla la Nueva, de cada una de las cuales fue rigurosamente despedido.
Cuando al fin Rodil decidió retirarse, como recompensa a sus servicios se le concedió el título de marqués, en posesión del cual murió a los 64 años, cerrando un ciclo de torpeza que aún en nuestros días resulta asombroso.