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La narrativa del rel del relámpago
(20 Microapuntes para una Poética del Minicuento
y 4 anotaciones históricas apresuradas)
1 UN RELÁMPAGO DURA MENOS de un segundo, pero puede enceguecer, puede producir una impresión que dure toda una vida. Puede incluso llenar de luz la noche más sombría y puede, igual que la palabra, resonar mucho después de haberse perdido de vista.
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El minicuento, como el relámpago, es breve, intenso y conciso. Breve porque su acción transcurre ante nuestros ojos en segundos. Intenso porque conjuga brevedad, belleza y energía. Conciso porque para desarrollarse apenas requiere de un minúsculo espacio, esto es, pocas líneas o palabras.
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Una de las características primordiales del siglo XX fue el culto a la rapidez. Quisimos que casi todo fuese rápido: las comunicaciones, la comida, los traslados, el arribo de la fortuna, el siguiente día. Nada más no se incluían en ese deseo ni la vejez ni la muerte. La literatura no escapó a ese anhelo colectivo.
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En gran medida, la literatura ha pasado a ser un arte subsidiario de los medios de comunicación. Las novelas de hoy se escriben pensando en la versión fílmica o televisiva y pronto también para vivirlas en realidad virtual.
En ese proceso de absorción que ha ocurrido ante nuestros ojos, la literatura se ha contaminado de urgencias.
Como contrapartida, ha engendrado formas breves que eludan su puesta en escena y que conserven su autonomía como arte.
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El mensaje publicitario es el centro del universo de la comunicación, pues todo gira a su alrededor.
Pero el mensaje publicitario tiene las mismas características del minicuento: brevedad, intensidad y concisión.
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En el minicuento, como en una constelación de luciérnagas, cada palabra refulge en un momento determinado.
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Creer que la profundidad de un texto depende de su extensión es tan absurdo como suponer que nuestro conocimiento del universo es más grande mientras mayores sean sus dimensiones.
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Narrar con la intensidad de un relámpago, en un mundo en el que se dilapidan palabras, no puede verse como un defecto ni como una tara literaria.
Al contrario, es una búsqueda preciosa, como la de la Sabiduría.
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El minicuento, como la Creación , gira en torno a un verbo. En su principio está el Verbo y la acción lo es todo.
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Un libro de minicuentos debe ser como una tormenta eléctrica. Cada una de sus páginas debe destacar de las demás, como si fuera única. Cada texto debe comenzar y terminar en sí mismo, como si él solo constituyera todo el libro.
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Hace años escribí lo siguiente:
“Un minicuento es -a nuestro juicio, sin pretender el establecimiento de fronteras inamovibles y desde una óptica meramente técnica-, un texto narrativo con sentido completo, en el que se cuentan una o más acciones, en un espacio no mayor de veinticinco renglones de escritura, a doble espacio, contentivo cada renglón de no más de sesenta caracteres, esto es, una cuartilla”.
Hoy me pregunto: ¿Y si un minicuento se midiera por el tiempo invertido en su lectura y no por su extensión en líneas o palabras? ¿Que tal medio minuto, o uno, o dos?
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No porque sea de rápida lectura, el minicuento es de rápida factura. Puede serlo, pero esa no es una premisa.
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La única premisa del minicuento es que en él se desarrolle al menos una acción. Un texto literario corto sin acción no es un minicuento sino un prosoema, es decir, un poema en prosa.
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El minicuento no es un género literario. A lo sumo, es un subgénero derivado del cuento o, más propiamente, una forma narrativa caracterizada por su extrema brevedad, frente a otras formas más extensas del relato.
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No necesariamente el final de un minicuento debe ser sorpresivamente humorístico o humorísticamente sorpresivo.
Al igual que en el resto de la narrativa, el minicuento puede tener un final de cualquier tipo: abierto, circular, feliz, trágico, etc.
Tampoco puede considerarse como un requisito para escribir minicuentos el que éstos contengan humor negro.
No porque buena parte de los minicuentos escritos hasta ahora utilicen el humor como recurso, debe pensarse que se trata de una forma narrativa cuyo objetivo es hacer reír. Eso equivaldría a rebajarlo a la categoría de chiste intelectual.
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Ni el minicuento ni ninguna otra forma literaria o artística puede ser subsidiario, tributario o dependiente de la política, la economía, la sociología, la filosofía o cualquier otra disciplina o actividad fundada por el hombre.
Su único compromiso es estético.
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Un libro de minicuentos se asemeja a uno de dibujos.
Es la descripción de un universo mediante trazos breves y precisos. De hecho, un escritor de minicuentos lo que hace es dibujar con un trazo su universo y con ese mismo trazo relatar un episodio de la vida de los seres que lo habitan, con la intensidad, la brevedad y la contundencia de un relámpago.
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A diferencia de las culturas orientales, en las que se promueve la brevedad y la concisión -tanto en la pintura como en la literatura-, en Occidente aún se tiene como paradigma al texto saturado de palabras o al cuadro abrumado de imágenes, aunque tanto las palabras como las imágenes estén vacías de contenido.
Y es que en Oriente, el silencio y el vacío ocupan espacios significativos. En este lado del mundo, por el contrario, tanto el vacío como el silencio se consideran abominables, en especial en la televisión y en la radio.
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El vacío tipográfico después de un minicuento tiene un sentido: equivale al pestañeo entre imagen e imagen, al silencio que sucede al trueno, al espacio en que se mueven los pensamientos.
Es el vacío que completa la plenitud.
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Un minicuento es un microcosmos, una partícula elemental de acción, un cuanto narrativo.
Su fugacidad, como la de la vida, lo aproxima al verso, a la imagen fotográfica, a la nota musical.
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En el texto original de esta ponencia, escrito el 26 de octubre de 1996 para dar inicio a un curso sobre el minicuento, en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela –y que, por cierto, nunca fue leído en público, pues el curso se suspendió debido a un paro nacional de universidades-, escribí lo siguiente:
“Sin proponérselo, aunque con el evidente propósito de ser conciso, Cayo Julio César inventó el minicuento en el año 47 antes de Cristo, al anunciar al Senado de Roma su victoria sobre Farnases II, rey del Ponto.
-Vine, vi, vencí -escribió, conjugando tres acciones.
Para Farnases II, César fue un relámpago que destruyó su reino”.
Esta tesis la ha expuesto también el escritor mexicano Oscar de la Borbolla en su “Minibiografía del minicuento” leída por su autor el 18 de agosto de 1998 en la Casa del Libro, durante la clausura del Primer Coloquio Internacional de Minificción y aparecida en la antología Relatos vertiginosos , seleccionada y prologada por el también escritor Lauro Zavala.
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Pero no fue Cayo Julio César el creador del minicuento.
Al parecer fue un escritor anónimo que vivió en Sumeria hace más de 4.800 años.
Sus textos breves han sobrevivido hasta nuestros días, probablemente confundidos con los de otros autores de la época.
Los antropólogos han consignado estos textos como “proverbios” y no como lo que en realidad son: textos narrativos, próximos a la fábula, a los que podemos catalogar como minicuentos.
Esto no quiere decir que el minicuento haya nacido en Sumeria, sino que fue en esa región de Mesopotamia donde por primera vez se presentó un relato en forma escrita.
Esta información, sin embargo, podría variar en el futuro ya que, de acuerdo con los más recientes hallazgos antropológicos, la escritura no fue una invención sumeria sino egipcia.
Tras realizar varias excavaciones en Abydos, un lugar del Alto Egipto, en el valle del Nilo, el arqueólogo alemán Gunter Dreyer ha encontrado varios textos jeroglíficos que, al ser sometidos al carbono 14, fueron datados en el año 3.330 antes de Cristo, fecha que anticipa en ochocientos años el más antiguo manuscrito sumerio.
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Los textos narrativos sumerios a los que nos referimos tienen las siguientes características: son muy breves y, según se sospecha, condensaban relatos orales de mayor extensión.
La casi totalidad de sus protagonistas son animales humanizados y, a diferencia de las fábulas indias o griegas, carecen de moraleja.
Parecen escritos por una misma persona o, cuando menos, por un individuo y uno o más imitadores.
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He aquí cuatro ejemplos de tales minicuentos sumerios:
“Tú vas y conquistas el país enemigo. El enemigo luego viene y conquista tu país”.
“El asno, habiendo soltado su carga, dijo: ‘Me zumban todavía los oídos de las desdichas pasadas'”.
“El caballo, después de haber derribado a su jinete, dijo: ‘Si mi carga tiene que ser siempre esa, me voy a debilitar'”.
“Nueve lobos y un décimo lobo mataron unos cuantos corderos. El décimo lobo era voraz y dijo: ‘Yo haré las partes. Ustedes son nueve y así un cordero será su parte común. Por lo tanto, yo que soy uno solo, tendré nueve corderos. Ésta es mi parte'”.
Los cuatro textos anteriores han sido tomados del capítulo XVIII de la obra La historia empieza en Sumer , del historiador estadounidense Samuel Noah Kramer. El traductor de los mismos fue el también estadounidense Edmund Gordon.
Texto elaborado en Caracas, el 6 de noviembre de 2002 y
leído en Salamanca, España, el 14 del mismo mes y año.
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