La bicicleta cromada
Del libro Ayer compré un viejito.
MINUTOS DESPUÉS DE HABER recibido como regalo de Navidad la bicicleta cromada que no le habíamos podido comprar para su cumpleaños, Ulises, nuestro hijo, montó en ella y salió a recorrer el pueblo donde vivimos.
Antes de salir, nos dio un beso a cada uno, a su madre y a mí, y desapareció de nuestra vista por las próximas tres horas.
Nos mudamos a este pueblo por lo mismo que tanta gente ha abandonado las ciudades: porque aquí se puede extender la mirada hasta que los ojos se cansan de tanto alejarse, porque respiramos un aire invisible, como deberían ser todos los aires, y porque no hay en él esa violencia que la gente ha llegado a creer inevitable en las ciudades. En la que antes residíamos, todo se resuelve con prisas, palabras gruesas e impaciencias. A veces, también con atropellos y agresiones o, lo que es peor, con malagradecimientos e indiferencias.
Ahora sólo vamos a la ciudad ocasionalmente, cuando mi esposa o yo publicamos algún libro u ofrecemos un curso o una conferencia.
A media mañana de ese día de Navidad recibimos a unos vecinos que pasaron a obsequiarnos un dulce de lechosa y que se marcharon poco antes del almuerzo. Esa es otra: sabemos cómo se llaman nuestros vecinos y dejamos de ser rostros anónimos que se saludan en un ascensor o en la entrada o el estacionamiento de un edificio.
Ulises regresó a la una y diez minutos. Lo sé porque estaba pendiente del reloj, para hacer una llamada telefónica.
–¿Qué tal la bicicleta? –le pregunté.
–Fenomenal –contestó y fue al baño, a lavarse las manos.
–¿Dónde la dejaste? –quiso saber su madre.
–La presté –dijo, desde el baño.
–¿Cómo es eso de que la prestaste? –lo interrogué, apenas llegó a la mesa.
Nos contó que en la plaza del pueblo había conocido a otro niño como él, que también tenía ocho años e iba acompañado de su abuelo.
–¿Y lo conociste ahí mismo?
–Sí –respondió, mientras tomaba un trozo de pan y se lo llevaba a la boca.
–¿Le prestaste tu bicicleta nueva a un desconocido? –bramó mi esposa.
–Desconocido no –protestó Ulises–, hablamos un rato.
–Pero... –intenté decir algo y no me salió.
–Ellos me prometieron traerla esta noche, a las siete –agregó Ulises.
–¿Te dieron su dirección?
–No, papá, no hace falta.
Como lo vimos tan seguro de lo que había hecho, ni mi esposa ni yo supimos qué decirle.
El almuerzo, sin embargo, transcurrió como si algo oscuro y pesado estuviese suspendido sobre la mesa. Ninguno de los tres dijo nada y eso que era día de Navidad.
Un rato más tarde, cuando fregábamos y secábamos los platos, comenté que había sido afortunada la idea de venirnos al pueblo, porque nuestro hijo aún era muy inocente.
Mi esposa añadió que, además de ser inocente, tenía una fe en la humanidad mayor que la nuestra, que ya era famosa entre nuestras familias y nuestras amistades.
También nuestra ingenuidad era célebre. Todavía creo en los juramentos y soy de esas personas que no saben hacer negocios pues creen que vender algo a un precio mayor de lo que nos ha costado es algo próximo a un delito.
Cuando Ulises pasó a nuestro lado rumbo a la casa de unos vecinos, se despidió hasta la hora en que vendrían a devolverle su bicicleta.
Lo miramos con una mezcla de orgullo y lástima, a sabiendas de que su anhelada bicicleta ya había que darla por perdida.
No quisimos reñirle porque era Día de Navidad y porque, lo acordamos, había que esperar a que él mismo se diera cuenta esa noche del engaño.
–Imagínate que de verdad vengan a devolvérsela –dije.
–Tú sabes que eso no va a suceder.
–Sí –admití acongojado, no sólo porque no podría reponer la bicicleta, sino porque me dio dolor saber que en las próximas horas Ulises iba a vivir una experiencia bastante amarga.
–Debe ser terrible –indicó mi esposa–, desconfiar del mundo a los ocho años.
–Más terrible es confiar –dije y debo confesar que las palabras salieron pese a que las retuve en la boca hasta que casi me atragantaron.
Esa tarde, poco antes de las siete, Ulises entró corriendo a la casa, confiado en la devolución de su bicicleta cromada.
–Ya están por llegar –dijo y entró a su habitación, de la que salió segundos después y se sentó, sonriente, junto a la ventana que da a la calle.
Pero pasaron las siete, las siete y cuarto, las siete y media y un cuarto para las ocho.
Ni mi esposa ni yo le señalamos que era de esperarse lo ocurrido, porque en el fondo deseábamos estar equivocados.
A las ocho vimos aparecer en su rostro las primeras sombras del desencanto. Pero cuando advirtió que lo observábamos, comentó:
–Estoy seguro de que se han extraviado.
Eso nos conmovió aún más. Mi esposa, que estaba sentada a mi lado en el sofá, fingiendo leer una revista, tomó una de mis manos y la apretó. Dejé transcurrir unos minutos antes de decir:
–Mira, hijo, es mejor que...
–¡Ahí están! –me interrumpió y fue corriendo hasta la puerta, en momentos en que un automóvil de color oscuro se detenía frente a ella.
De él salió otro muchacho de estatura, corte de pelo y físico similar al de Ulises y ambos se saludaron con un apretón, seguido de un juego de manos.
Lo acompañaba un señor mayor que, obviamente, era el abuelo del que nos había hablado nuestro hijo.
La bicicleta venía atada al techo del carro con unas elásticas, como las que usaba mi tatarabuelo para que no se le cayeran los pantalones.
–Nos perdimos –se excusó el amigo de Ulises, que entonces supimos que se llamaba Emilio, cuando nos fue presentado.
–Eso nos retrasó considerablemente –añadió el abuelo.
Mi esposa y yo intercambiamos una mirada y estoy seguro de que pensamos lo mismo: todavía hay gente honrada en el mundo.
Saludamos al abuelo con afecto, cuando se acercó y nos tendió la mano.
Yo sentí en ese momento que formaba parte de un mundo en el que valía la pena vivir y tuve que disimular más de una lágrima. Igual mi esposa.
–No es fácil conseguir esta dirección –apuntó el abuelo y nosotros asentimos.
–Es que esta calle es nueva y la urbanización también –subrayó mi esposa.
–Todavía no figura en los mapas –agregué yo.
Entre el abuelo y yo bajamos la bicicleta del techo del automóvil y juntos la rodamos hasta la casa.
–Emilio quería una bicicleta cromada, como ésta, pero yo me descuidé y, cuando se la fui a comprar, no encontré ninguna en el mercado.
–¿Usted es su abuelo por parte de...?
–Su madre es mi hija.
Entramos a la casa y nos dirigimos al recibo.
Ulises se separó del grupo un momento y fue a su habitación.
Mi esposa, entretanto, había servido unas galletas en una bandeja y unos vasos de jugo de naranja.
El amigo de nuestro hijo y su abuelo comieron y bebieron sonrientes, aunque algo inexplicable en la postura de sus cuerpos me hizo pensar que no estaban totalmente a gusto. El abuelo, además, no sonreía, pese a que mi esposa y yo nos esforzábamos por agradecer y homenajear su honradez.
En eso reapareció Ulises, llevando algo consigo, y del rostro y de los hombros de ambos se borró la tensión. El abuelo incluso se incorporó del asiento con una sonrisa que le nació repentinamente y extendió su mano derecha hacia nuestro hijo.
–Aquí tiene su reloj –le dijo Ulises, entregándole uno costosísimo, y sólo entonces comprendimos por qué había estado tan seguro de la devolución de su bicicleta.