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La noche parece más noche a medida que el suelo se acerca
Del libro Cuatro extremos de una soga.
¡USTED ESTÁ MUERTO! han venido a decirme y comprendo que debo recoger mis cosas.
¿Desde cuándo? pregunto y soporto el peso de dos miradas que me apuntan como si hicieran memoria: más o menos dos días responden, mientras empiezo a guardar papeles, clips, la engrapadora, en las gavetas de mi escritorio. Procuro también archivar las copias de los últimos oficios que redacté, pero el temblor de mis manos me hace desistir de tal cosa.
Algunos compañeros que han oído y presenciado esos, mis últimos momentos en la oficina, se me acercan: con razón no querías ni tomar café, descubre uno de ellos. Asiento entonces a la manera de quien se convence de algo en lo que no está acostumbrado a creer.
A todos nos llega esa hora, me consuela una mano en el hombro derecho. Pedro me abraza y solloza una disculpa por la humedad de sus ojos. En mi garganta se han ido reuniendo las emociones y no puedo evitar que allí se estanquen. Yoly llega incrédula: es la recepcionista con quien he almorzado tres veces y a la que regalé una caja de bombones el día de su cumpleaños. ¡No, gime en voz alta y con estereotipado dramatismo, no me digas que es verdad! Me besa en ambas mejillas, antes de refugiar su llanto en mi pecho.
Quienes me han ido a avisar de mi muerte me sostienen. Han advertido que mis piernas se niegan a hacerlo: temo caer y dejar una mala impresión de mi despedida. Roberto, a quien siempre le he caído mal y viceversa, me acribilla con su fingido dolor: te iremos a visitar al cementerio todos tus aniversarios.
Pedro y los demás ofrecen enviarme esa misma tarde una corona de flores con cinta azul y letras de escarcha: de sus compañeros de oficina . Ante mí inician una colecta para tal fin, de la que me eximen al observar el gesto un tanto automático de requisar mis bolsillos.
Una voz advierte que no me he despedido del jefe y seco las lágrimas que abandonar diecisiete años ininterrumpidos de labor me proporciona. El jefe está hablando por teléfono y debo aguardar veinte minutos para notificarle mi marcha: estos dos señores han venido a avisarme de mi muerte y... este... bueno, me están esperando en la funeraria... hace dos días... El jefe me interrumpe, carraspea mi apellido y agrega: lástima, era usted un buen empleado.
***** No he tenido tiempo de acostumbrarme a mi muerte, ha sido tan repentina.
Ahora descubro que tenía dos días sin ir a casa. Dos días quedándome en la oficina sin percatarme de las horas de salida o de entrada: eso explica las largas raciones de silencio que alimentaron mi labor.
La casa está desierta.
En la sala encuentro un altar formado por una silla sobre una mesa y ambas cubiertas por una sábana blanca en cuyo centro destacan dos crucifijos: uno de palma bendita y el otro, un lazo negro tan lúgubre como un olvido. Un cirio custodia un retrato que no recuerdo haberme tomado pero que reconozco como mío.
Recorro todos los nombres que podrían salirme al encuentro y me duele, y a la vez me reconforta, saber que en la funeraria le hacen compañía a mi ausencia.
***** He comprado un pequeño ramo de flores: no sé qué hacer con él.
Estoy en las inmediaciones de la funeraria y siento que el estómago me abandona. Noto leves estremecimientos en mis cada vez más detenidos pasos.
Miro a la entrada y observo a uno de los niños que me contempla tristemente regocijado. Lo veo correr hacia mí y todos se vuelven al sitio al que él se desplaza. Lo tomo en mis brazos y camino hacia las voces que me aguardan: el otro se ampara en la negra presencia estática que es mi mujer.
Reconozco entre los presentes los rostros de las personas que conocí y ya han muerto, los de las que conozco y aún viven y los de las que habría conocido si mi muerte no hubiese ocurrido ahora.
Alguien toma mi brazo, cuya mano todavía porta las flores, y me indica por favor, por aquí, venga: allí está su ataúd.
***** Me abro paso entre apretones de mano, palmadas en los hombros, abrazos y susurros.
Oigo sollozos y me estremece pensar que son por mí. Una señora a la que nunca he visto me recrimina con familiaridad: ¿no te das cuenta que esto ocurre sólo una vez en la vida?
Procuro cerrar los ojos para abstraerme del ambiente pero no puedo. Ya junto al féretro, cuando sin esperar la ayuda de los empleados de la funeraria, ni de ninguno de los presentes, intento destaparlo para introducirme en él, descubro que está ocupado, que un desconocido ha tomado mi lugar.
Una voz ronca se apresura a relatarme el por qué: teníamos día y medio velando en vano este catafalco vacío, así que decidimos buscar quien lo ocupara mientras tú llegabas. Salimos a la calle y tocamos en una casa de la otra cuadra: este señor nos abrió y, antes de cualquier pregunta, lo matamos... Deja que lo saquemos...
***** Contemplo el sueño de mi mujer. Duerme sin percibir el zumbido cortante del timbre.
En principio, creí que algo muy grande revoloteaba mi respiración. Ya despierto, me costó algunos instantes discernir si era el teléfono o el timbre de la entrada.
Decido levantarme: pienso que si siguen tocando despertarán a los niños, que mejor veo de quién se trata y, de paso, aprovecho para ir hasta la nevera a tomar agua.
Camino hacia la puerta y de un tirón la abro. Tres figuras de marcados desdibujos faciales me dicen a quemarropa: un amigo nuestro ha muerto, pero aún no lo sabe. Como no queremos velar una caja vacía... Presiento el minúsculo trueno que brota de un gatillo: la noche parece más noche a medida que el suelo se acerca.
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