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Lucía
“...y si esta aventura parece apócrifa, NO ES FÁCIL TENER una novia que se cree vampira y menos a los trece años. Una novia como la que yo tuve a esa edad, nacida en Italia y llamada Lucía –se pronunciaba Luchía–, que hablaba un español de mampostería.
Lucía no era del todo bonita pero tampoco del todo fea. De frente, en verdad no era atractiva. De perfil, lo era más o menos. Sólo sus ojos –verdes–, llamaban la atención. Semejaban dos lagunas andinas vistas desde un jet. Pero como apenas se le entendía al hablar y era cuando menos seis años mayor que mis amigos y yo, nadie se le acercaba.
Yo lo hice cuando me enteré de que había presenciado cuatro finales consecutivas del Festival de San Remo. Entonces acepté visitarla en su casa, en el piso superior de un restaurante cuyo dueño era un tío, hermano de su madre.
Tenía un álbum de fotos de San Remo, la mayoría tomada desde treinta o cincuenta metros del escenario. En ellas se reconocían, a la distancia, Rita Pavone, Bobby Solo, Domenico Modugno y Gianni Morandi, entre otros y otras.
Lucía estaba en algunas imágenes, una de ellas con Rita Pavone, otra con Ornella Vanoni y en una tercera dándole un beso en la mejilla a Nico Fidenco.
En las fotos también estaba una hermana llamada Paola. Paola parecía haber extraído del vientre de la madre toda la belleza que le faltaba a Lucía.
–Ella se quedó en Italia –me contó Lucía, en su cuarto de español y tres cuartos de italiano–. Está comprometida para casarse con el hijo del comendador.
Mientras yo veía las fotos, el álbum abierto sobre mis piernas, Lucía recostó su cabeza en mi hombro izquierdo. Simultáneamente, apoyó su mano derecha en mi espalda.
–¿Tienes novia? –preguntó (entendí).
–No –respondí secamente. En ese momento no me pasó por la mente que Lucía pretendiera seducirme, pese a lo evidente de su avance. Debo confesar que he sido asombrosamente ingenuo toda mi vida y que lo perspicaz que soy para ver lo que le ocurre a otros, soy a la inversa si se trata de mí.
–Esa es una buena noticia –soltó Lucía, acariciándome el cabello. Ni así caí en cuenta de que me había puesto en estado de sitio.
–¿Ésta de la foto eres tú? –pregunté, pues acababa de ver una imagen en la que ella vestía de negro y mostraba unos colmillos de plástico.
–Sí.
–¿Cuándo te disfrazaste de vampira? –pregunté de nuevo.
Lucía se levantó inquieta. Quitó su mano de mi cabello y su barbilla de mi hombro con tanta rapidez que tuve la sensación de perder el equilibrio.
Se incorporó y comenzó a hablar en italiano a tanta velocidad y con tal nerviosismo que no entendí nada de lo que me dijo.
Precipitadamente, abandonó la sala. Cuando al cabo de diez minutos, yo me levanté del sofá y avancé hacia la puerta de entrada, ella retornó.
–Perdóname –dijo, en su mezcla de español e italiano, como todos los diálogos anteriores y los que vienen (por eso, se puede decir que éste es un cuento con traducción simultánea).
–¿Qué te pasó?
–Nada, nada… Nada.
Le di las gracias por mostrarme las fotografías y me dispuse a marcharme. Pero, sin darme tiempo a alguna maniobra evasiva, Lucía me abrazó como a un leño que pasa por un río crecido. Luego, levantó su rostro hacia el mío y me entregó sus labios.
A los trece años, uno no es muy exigente que digamos en materia de belleza femenina. Al menos, yo no lo era. La besé como había visto hacer a Clark Gable con Vivien Leight en Lo que el viento se llevó , es decir, doblándola hacia atrás y manteniéndola casi suspendida entre mis brazos. Pesaba más de lo que imaginé al iniciar el beso, pero ya no podía dejarla caer.
Así de sencilla fue la forma como nos hicimos novios.
Lucía y yo fuimos varias veces al cine. Nos sentábamos en la última fila para besarnos y acariciarnos a todo cuanto diesen nuestras bocas y manos. Ella me llamaba Caro Mío . Yo la llamaba Mía Cara .
A mi madre le encantaba Lucía. La llamaba Su Nuera . Lucía la llamaba Mamá Irene . A veces, Lucía me iba a visitar y casi ni hablábamos. Eso sí, conversaba con mi madre de diversos temas, en su jerga ítalo española. Lo asombroso era que mi madre la entendía más que yo o, al menos, creía hacerlo. Uno de los temas favoritos era, por supuesto, yo. O, más bien, cómo era yo entonces y cómo sería tras casarme con Lucía. Mamá daba cuenta de mis gustos musicales, culinarios, lectores, deportivos y otros y Lucía se mostraba absorbentemente interesada. Hoy estoy seguro de que ambas sabían que nuestro matrimonio nunca ocurriría, pero pasaban el rato hablando de eso.
–A él le gusta un grupo musical que creo que se llama Los Beatles –decía mamá, castellanizando el nombre.
– The Beatles –corregía Lucía en inglés, que lo hablaba muy bien.
–Le gusta comer plátano frito en tajadas –informaba mi madre.
–Cuando nos casemos –decía Lucía–, yo aprenderé a preparárselo.
–Si se van a vivir a Italia, llévalo a que se bañe en la Fontana di Trevi –sugería mi madre, cuyo conocimiento de Italia se lo debía al Almanaque Mundial .
–Allí no se bañan las personas, pero me gustará llevarlo y mojarle el cabello.
–Y si van al Coliseo Romano, no dejes que se meta a pelear con los gladiadores.
–Ya no hay gladiadores en el Coliseo.
–¡Y cuídalo de los leones!
–¡Tampoco hay leones, mamá Irene!
Un domingo por la tarde en que se encerró conmigo en mi cuarto, a escuchar un disco de Petula Clark que le había enviado Paola desde Udine, Lucía me abrazó y me hizo caer sobre la cama, donde hasta entonces habíamos permanecido sentados.
Repentinamente, abandonó mis labios y depositó una seguidilla de besos sobre mi mejilla derecha, el pómulo y la oreja del mismo lado. Como su cabello me hacía cosquillas en el cuello, me retorcí y quedé frente a su boca que se abría en ese momento, mostrando unos colmillos afilados que estaban superpuestos a los suyos.
–¡Heyyyy…! –dije, a la par que luchaba por retirar mi cuello de los colmillos.
–¡No te asustes, Caro Mío! –dijo, pero igual me zafé y me puse de pie.
Entonces se echó a llorar. Lo hizo con tanto sentimiento y volumen que mi madre y mi abuela tocaron la puerta.
–¿Qué pasa? –preguntó mamá.
–¡Nada, mamá Irene! –contestó Lucía, sobreponiendo su voz normal a su llanto.
–¡Qué son esos colmillos? –pregunté en tono imperativo, pero lo más bajo que pude.
–Perdona que no te lo haya dicho hasta ahora, Caro Mío, pero… –y de nuevo un sollozo abundante y sonoro ahogó su voz.
–¡No hagas llorar a esa muchacha –gritó mamá al otro lado de la puerta–, mira que ella te quiere mucho!
–¡No pasa nada! –repitió Lucía.
–¿Por qué tienes esos colmillos? –pregunté de nuevo.
Lucía se dejó caer en la cama y cubrió su cabeza con mi almohada. Ésta amortiguó sus sollozos hasta que cesaron. Debió pasar un largo rato, pues la luz que entraba a mi habitación había menguado bastante.
–Varias veces he querido decírtelo, pero no he podido –inició una confesión.
–¿Decirme qué? –pregunté, todavía en susurros, aunque hacía rato que mi madre había abandonado la puerta. El tono de mi voz se debatía entre el susto y el asombro.
–¡Sé que no me lo vas a creer, Caro Mío, pero soy una vampira! –dijo.
–¿Una vampira? ¿Cómo Drácula?
–Drácula es un personaje de película. Yo soy una vampira de verdad.
–Pero tus colmillos no son naturales –objeté.
–Los vampiros no tenemos colmillos largos como los lobos. ¿Tú no te has dado cuenta de que los que le ponen a Drácula en el cine son colmillos de lobo? Usamos colmillos de marfil para perforar la carne. Y sabemos morder sin matar a la gente. Los míos, éstos, fueron hechos en Venecia, después de la Primera Guerra Mundial. Pertenecieron a mi padre. Él me los dio cuando cumplí quince años. La foto que viste en mi álbum era de ese día.
Por cierto, para entonces no sé si su español había subido de nivel o yo me había acostumbrado a su forma de hablar o el susto me hacía comprenderla mejor. Ahora entendía todo cuanto me decía.
–¿Comprendes? –interrumpió mis pensamientos.
–No –admití, sentado a un prudente metro y medio de ella. Entendía sus palabras, pero no lo que quería decir con ellas.
En los siguientes minutos, me contó que ella era vampira por vía paterna. Su madre no lo era, pero su padre y su hermana sí.
–He ido a esos festivales a beber sangre más que a oír música.
–¿De veras tú bebes sangre? –inquirí, incrédulo.
–Sí –soltó, después de un larguísimo silencio, y otra vez se dejó caer sobre mi cama y se cubrió con la almohada. De nuevo sollozaba.
En esta ocasión tardó algo más en recuperarse. Cuando lo hizo, preguntó:
–¿Ya no me quieres, Caro Mío, verdad?
Bueno, las cosas no estaban para romanticismos. También respondí al cabo de unos dilatados minutos:
–Sí, pero…
Permanecimos callados hasta que oscureció por completo. Entretanto, no hice más que pensar en qué clase de loca era Lucía. Hasta donde yo sabía, por películas, los vampiros pasaban el día durmiendo en ataúdes, porque no soportaban la luz solar. Además, no resistían la vista de crucifijos y ella nunca había mostrado temor ante el que se hallaba sobre la cabecera de mi cama y que mi abuela había colocado allí años atrás. Tampoco soportaban el olor del ajo y en el restaurante de su tío la especialidad era la salsa pesto.
El silencio lo rompió Lucía con una frase que hoy suena cómica pero que, en aquel momento, me hizo temblar.
–¿Si te prometo no morderte nunca, ni beber tu sangre, me seguirás queriendo?
No contesté.
Lucía repitió la pregunta.
Tampoco dije nada.
Se incorporó. Dio dos pasos en dirección a la puerta. Se detuvo.
–Yo nunca te haría daño, Caríssimo.
–Hace un rato, ibas a morderme –reproché.
–Lo evité muchas veces y hoy no aguanté más. Esta misma noche debo morder a alguien y…
Lucía salió de mi habitación. Se despidió de mi madre y mi abuela, con prisa, y salió de casa.
Mi madre me preguntó qué había pasado y no recuerdo qué le dije. Si me acuerdo de su comentario pues, sin saberlo, había descubierto lo que pasaba –por supuesto, no de la manera que imaginaba–:
–Esa muchacha es perfecta para ti: se preocupa por lo que te gusta, te quiere muchísimo y está dispuesta a esperar que seas mayor de edad para casarse contigo. El único defecto que le veo es que es muy posesiva: parece que te quisiera absorber para ella.
No vi a Lucía en tres semanas. Tres domingos más tarde, poco después del mediodía, fui a su casa.
La extrañaba. O no tanto: creo que estaba tan solo que no me importaba si era vampira o algo peor. Honestamente, no creía en su vampirismo y me gustaba tanto estar con ella que estaba dispuesto a hacer como que no había pasado nada. Además, aunque lo fuera, había dicho que nunca me mordería, ni bebería mi sangre y no tenía por qué no creerle.
– Fillio , Lucía ha volto a Italia –dijo su madre.
Supe que Lucía había regresado de mi casa, tres domingos atrás, sumamente deprimida. Que había salido esa misma noche al cine con una amiga. Que se había encerrado en su habitación durante una semana. Que al cabo de esos siete días, dijo que quería volver a Udine y su tío le había comprado el boleto. Que me había dejado una carta, un disco de Bobby Solo –con la canción “Se piange, se ride”–, y un colmillo de marfil.
La carta la guardé muchos años y hasta la aprendí de memoria. Decía así:
Caro Mío:
Lamento que hayas descobierto il mío secreto del modo como lo descobriste. Sé que miss dientes te dieron pavura. No quiero pavurarte de nuovo, ni quiero que me veas como a una bestia animale pelicoroso.
Sono como sono y no puedo ser otra cosa. Torno a Italia para no obligarte problemas. Cada mese debo morsicare a una persona y beber su sangue. Penso que eso te luce molto male, eres vegetariano. Me pongo en tu testa y pian llanto tutto il tempo.
Caríssimo, he descobierto il amor con te. Pero hano una maledezione a nostra raza y debo acostombrarmi a la sole solitudine. Te dono il disco de Bobby Solo. Óyelo sempre pinsando en me. Piange e ride per me.
Il incisivo es il de rilevato di riserva. Mio padre mi ha dado tres.
“Perdona lo scarabocchio borrones.
Lucía”.
Hasta hace unos años la carta estuvo entre mis documentos vitales. Conservé el disco –de 45 revoluciones– hasta que salí de los discos de acetato y adquirí un reproductor de CD. Mi madre hizo un collar con el colmillo, pues le dije que Lucía se lo había dejado como recuerdo.
–Es de lobo –le mentí. Y hasta le inventé una historia–. Fue de un lobo que cazó su abuelo en los Alpes.
Le conté que Lucía había llorado la última tarde que pasó conmigo porque su padre la había mandado a buscar y ella no quería que nos separáramos. De hecho, fueron tantas las mentiras que le expuse a mamá que comprendí que, algún día, podría ser escritor. Y, ahora que lo pienso, es curioso que, en este cuento, todo lo que parece mentira haya sido verdad y todo lo que luce como cierto no lo haya sido.
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