Los dientes nuevos de la tía Nora
Del libro inédito Granizo.

“Formemos una carnavalesca
representación superficial”.
Ezequiel Martínez Estrada.
“Fantasía”

1

LA TARDE EN QUE tía Nora nos invitó a estrenar sus dientes postizos, yo estaba de vacaciones.
Esa tarde, mis primos fueron a pasear con el abuelo Salvador. Yo no quise ir para ver un programa en la televisión. Después, cuando terminó, me puse a explorar el país que había debajo de mi cama.
Era un país más pequeño que el Vaticano. Y como éste, era un país dentro de otro país (peor: un país dentro de una casa que está dentro de un país). Nunca le di nombre, pese a que me refugiaba en él a cada rato.
Con frecuencia, me sentía como un exiliado en mi propia casa. No porque me trataran mal. Al contrario. Pero la infancia es un período de desarraigo y uno se siente excluido, aunque no lo esté. Aunque, pensándolo bien, lo está, pero por el solo hecho de ser niño. En nuestra sociedad, se espera que el niño acepte el rol de minusválido feliz, sin voz ni voto pero con la obligación de consumir.
Mi país refugio tenía una sola calle y un único paisaje. En él, el polvo formaba pequeñas motas parecidas al algodón. Su suelo era de mosaico, veteado de rombos.
Limitaba al sur con una mesa pequeña y tres sillas. La cuarta la había quebrado la más obesa de mis tías, sentándose.
Por cielo tenía un firmamento blando, cruzado de alambres y resortes, y sin luna ni estrellas.
A veces colgaban de ese cielo una o más piernas pues, por la mesa y las sillas, mi madre y mi abuela recibían en mi habitación a sus amigas.
Esa tarde, estaba explorando la pata noroeste de mi cama, cuando mi abuela ordenó desde la puerta que me pusiera ropa de fiesta.
-¡Vístete rápido, que vamos a celebrar que esta mañana le pusieron dientes nuevos a Nora!
-¿Adónde?
-¡A un restaurante de la avenida Nueva Granada! ¡Apúrate!
 

2

 
Hasta entonces nunca había visto una plancha dental y ni imaginaba que existían.
Cuando me la mostraron no quise tocarla porque temía que me mordiera. Pero como no se movía, acerqué primero un dedo, después otro, y, al final, toda la mano.
-¡Cuidado la dañas! -me previnieron, como si fuera un animal delicado.
Tía Nora tenía varios años evitando sonreír o riendo detrás de un pañuelo. Yo pensaba que hacía eso porque se le había secado el órgano de la risa, del que en detalle me había hablado el tío Ramón.
Según él, ese órgano quedaba encima del estómago y era peludito y chato como el tío Alfonso, que había sido boxeador.
-Cuando a alguien se le seca el órgano de la risa -me dijo-, no sólo no se ríe nunca, sino que la cara se le pone como si tuviera un dolor de muelas permanente. Le sale un grano en la punta de la nariz y otro en la popa que no lo deja sentarse. La mala suerte se le monta en los hombros, como un bebé que quiere ver un desfile, y el ángel de la guarda se va de vacaciones. Pero eso no es todo -añadió para aumentar mi horror-: a la persona se le quitan las ganas de comer, de dormir, de jugar y hasta de ver televisión.
-¿Y por qué se seca? -pregunté.
-Porque la gente deja de ver y de disfrutar las cosas agradables de la vida, porque ya no cree en el amor o en los sueños o porque piensa que crecer y madurar significa volverse serio. ¿Entiendes?
No entendí nada, pero igual dije que sí. Creo que a nadie le gusta admitir su ignorancia.
Después de esa conversación, estuve observando a la tía Nora y al resto de la familia para ver si mostraban alguno de los síntomas mencionados por el tío. Pero, aparte de la falta de risa de ella y un grano en la nariz de mi prima Teresa, no descubrí otra cosa.
Con la nueva dentadura, la tía podía comer de todo otra vez y reírse estruendosamente de cualquier cosa, incluso de ella misma mientras se miraba al espejo.
Cuando salíamos de casa, a la abuela se le humedecieron los ojos y le dijo a tía Nora, al tiempo que le hacía la señal de la cruz sobre la cara:
-¡Que Dios te dé bastantes cosas donde hincar tus nuevos dientes!
-¡Ay, préstamelos -pidió la señora Moreno, una vecina a la que no sólo le faltaba la dentadura de arriba, sino también la de abajo-, quiero ver cómo me veo!
Cuando tía Nora le entregó la plancha dental, la señora Moreno se la probó sin meterla en su boca, mientras se inclinaba a contemplarse en el espejo retrovisor de un auto.
-¿Me lucen, no es verdad? –preguntó, pero nadie le contestó. Como llevaba un vestido largo rojo y negro, a mí me pareció un vampiro aplastado por un tren, pero no dije nada.
En la calle observé que los invitados ocupábamos cuatro autos. En dos de ellos viajaban los vecinos y en el de Fernando -el esposo de tía Nora-, y en el del tío-abuelo Carmelo, todos los familiares, escoltándola como a una reina de cuento de hadas.
Partimos bajo esa luz insípida que, según mi libro de astronomía, es la del mediodía en Plutón, cuando el atardecer no sabe si seguir siendo atardecer o empezar a ser noche.
En el trayecto, se originó la tragedia. Mamá le preguntó a tía Nora:
-¿Te molestan los dientes?
-Sí, un poco: desde hace rato estoy por sacármelos, pero no quiero que Fernando se dé cuenta.
-Te los puedes quitar un rato -sugirió mi madre- y, después, llegando al restaurante, te los vuelves a poner.
Mi tía esperó que nadie la viera y, en un instante, extrajo la plancha dental de su boca. Como yo iba sentado a su lado y la estuve observando de reojo, vi cuando la guardó en el bolsillo izquierdo de su vestido.
Quince minutos más tarde, paramos a unos doscientos cincuenta metros del restaurante, en el estacionamiento público más cercano. Como el auto era nuevo, no se le podía dejar en la calle porque se lo robaban.
Apenas abrí la portezuela, observé que el estacionamiento estaba cercado por una pared de ladrillos, en cuya parte superior destellaban con el crepúsculo cientos de fragmentos de vidrio. El lugar había sido un terreno baldío hasta hacía muy poco. El techo de asbesto y las paredes recién pintadas daban una primera impresión de sitio próspero. La segunda mirada descubría un perro cubierto de grasa que dormitaba en la entrada. En algunos sitios, la tierra estaba cubierta de aceite y parecía la cara de un negro de mentiras, de esos que salían en el cine cuando los abuelos se estaban enamorando.
La conversación hasta el restaurante se concentró en las cosas que mi tía podría masticar de nuevo.
-Ahora podrás comer chicharrones -dijo Arturo, el bodeguero.
-Y nueces -añadió el agente Solórzano que, cuando no llevaba el uniforme de policía, era un hombre alegre y servicial.
-Y turrones -agregó mi madre.
-Y las tortas que hace Emilia -soltó mi abuela con sorna.
Estas tortas eran el único dulce del que huíamos todos en la familia. En lugar de harina, tía Emilia parecía usar cemento armado para hacerlas. Su dureza era tal que un sábado habíamos utilizado una como home en un partido de béisbol. Simplemente le quitamos el decorado, la enterramos, y jugamos horas y más horas. Allí la hallamos el siguiente sábado, intacta.
Además, una de esas tortas había protagonizado un episodio en el más reciente cumpleaños de mi primo Omar: lo que debió ser un inocente baño de crema pastelera, se convirtió en una herida de tres puntos sobre la ceja derecha de uno de los niños invitados.
Cuando nada más faltaban unos diez metros para llegar al restaurante, tía Nora exclamó:
-¡Ay, ¿y mis dientes?!
Todos nos paralizamos al verla revolver los bolsillos de su vestido. Su angustia, mientras introducía las manos a ambos lados del traje y una y otra vez las sacaba vacías, nos asustó mucho.
Como yo había visto que los había guardado en el bolsillo izquierdo de su vestido, mi testimonio se tuvo por válido durante un rato, hasta que la desesperación de la búsqueda llevó a que se me descalificara como testigo:
-¿Quién le puede creer a ese niño tan cuentero y tan mentiroso?
-Además, es miope, ¿qué puede haber visto?
-¡Se me tienen que haber caído en el camino! -gimió la tía, para evitar que me siguieran desmereciendo.
Registramos minuciosamente todo el trayecto desde allí hasta el estacionamiento. Luego, entre todos revisamos dos veces el auto, pero tampoco apareció la plancha dental.
En vista de la gravedad del asunto, el tío-abuelo Carmelo decidió solicitar refuerzos y tocó puertas y timbres en todas y cada una de las casas y edificios entre el estacionamiento y el restaurante, para pedir a sus ocupantes que nos ayudaran en la búsqueda. Al principio, todo el mundo arrugaba el ceño, pensando que el tío-abuelo hablaba en son de burla pero, cuando advertían que la cosa era en serio, nadie ponía objeciones.
Entre mi abuela y mi madre sacaron a todos los comensales y mesoneros del restaurante y también los pusieron a buscar. Lo mismo hicieron con quienes se hallaban en un cafetín que quedaba cerca de allí.
Al rato, una patrulla de la policía con tres agentes pasó por el lugar y, al ver la multitud que revolvía cada rincón de esas dos cuadras y media, se detuvo. Gracias al agente Solórzano, los tres uniformados no sólo se sumaron a la búsqueda sino que llamaron a la Central , para también pedir refuerzos.
En menos de cinco minutos, se presentaron otras nueve patrullas con sus sirenas, aullando como lobos con reumatismo, haciendo girar sus luces de circo y frenando de improviso para lucirse ante las mujeres.
Después arribaron un camión de bomberos, diecinueve taxis, seis camiones de carga y veintiséis automóviles particulares cuyos ocupantes, primero por curiosidad y luego por solidaridad, se esforzaron en encontrar la plancha dental.
Se revisaron los desagües, las alcantarillas y los botes de basura. También los zaguanes, portales y jardines de las casas y las entradas de los edificios.
Mientras la noche se adueñaba del cielo, la búsqueda se convirtió en una feria. Alguien dijo que la razón por la que no se habían encontrado los dientes de la tía era porque todos estábamos sedientos.
No sé de dónde salieron ni quién pagó cientos de botellas de cerveza y de refrescos, ni quién instaló una parrillera portátil en un terreno baldío, a unos treinta metros del restaurante.
Tampoco supe quién era una mujer que cantaba muy bonito y que, hasta que regresamos a casa, la vi entonar -sentada sobre el maletero de un auto-, muchos boleros, rancheras y tangos, acompañándose con una guitarra.
Los dientes de la tía no aparecieron esa noche ni al día siguiente. Empezaba a anochecer al otro día cuando ella y su esposo volvieron a la avenida Nueva Granada. Se sorprendieron al ver que varios vecinos continuaban con la búsqueda, mientras más de treinta parejas bailaban en el baldío, gracias a un tocadiscos unido por cables a una batería de automóvil.
En vista de ello, hubo un acuerdo tácito en la familia: durante quince o veinte días sólo comimos cosas blanditas o líquidas y, cuando alguien se reía, lo hacía sin mostrar la dentadura.
 

3

 
Pero todo pasa y poco a poco dejó de doler el recuerdo y el bochorno de la pérdida.
Cuando estaba por cumplirse un mes, la familia reunió dinero y le compró otra plancha dental a mi tía y ella decidió que jamás se le quitaría, excepto para asearla y colgarla en el lavadero. Pero como el tío-abuelo Carmelo dijo que podía pasar un pájaro grande y llevársela, creyendo que era un animal muerto, ella optó por lavarla y secarla sin extravagancias.
Al año, cuando el cuento de la pérdida y la búsqueda de la plancha dental dejó de ser la anécdota favorita de las reuniones familiares, volvimos al restaurante de la avenida Nueva Granada y, aunque con doce meses de retraso, esa noche sí celebramos la instalación de los nuevos dientes de mi tía Nora.