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Una cosa inexplicable en el corazón
Del libro Teresa.
MIS AMIGOS Y MIS amigas me preguntan por qué escribo sobre mi hermana y por qué la quiero tanto, si algunos de ellos desean o no tener hermanos o tenerlos bien lejos.
Siempre les respondo que no lo sé con exactitud, pero me acuerdo de tantas cosas bonitas que ella ha hecho o dicho y creo que es imposible no quererla.
Carlos, que siempre está callado y se molesta cuando mamá lo abraza o le da un beso, deja que Teresa lo despierte saltando en su cama o que le desordene el cabello o que se trepe sobre él cuando está viendo televisión. Luis se derrite cuando ella lo llama “mi hermanito” o le da las aceitunas de su ensalada, que a ella le disgustan y a él le encantan.
A mí... No sé cómo explicarlo. Me encantan sus besos con los labios fríos por el helado que se acaba de comer o pegajosos de caramelo. Me gusta que se coloque detrás de mí o detrás de papá cuando algo la asusta y sobre todo me gustan esas muchas veces en que ha entrado a mi cuarto y, sin decir una palabra, me ha abrazado, me ha dado un beso y se ha ido a jugar, a estudiar o a ver televisión.
O cosas que hace, como la del mes pasado, cuando a eso de las cuatro de la mañana, amaneciendo para mi cumpleaños, me despertó, llamándome desde la puerta de mi cuarto:
–¡Rubén! ¡Rubén!
–¡Ah! –abrí los ojos, sobresaltado, y encendí la luz de mi mesa de noche.
Entonces se acercó a mi cama y se sentó junto a la cabecera.
–¿Tuviste una pesadilla? –le pregunté.
–No.
–¿Tienes sed?
–Tampoco.
–¿Qué te pasa?
–Es que te compré este regalo –y me dio una cajita envuelta en papel de regalo brillante que supe de inmediato que era un disco–, y no aguantaba las ganas de dártelo.
El disco venía acompañado con una tarjeta que hizo ella misma, retratándome con un lazo rojo en la cabeza. Mientras veía la tarjeta, me abrazó con sus brazos pequeñitos, como de juguete, y pegó su mejilla izquierda de la mía derecha.
–Te quiero mucho –me dijo. Y aunque siempre me he burlado de las cosas cursis, esa no me lo pareció, ni me lo parece contar que no pude contestarle, porque las palabras se me torcieron en la garganta y me dieron ganas de reírme y de llorar al mismo tiempo.
Después me besó otra vez en la mejilla derecha y regresó a su cuarto, corriendo de puntillas para no hacer ruido.
No pude seguir durmiendo, ni pude escribir y contar esto.
Eso sí, me pasé todo ese día con una cosa en el corazón que sólo se puede explicar abriendo bien los ojos y haciendo que la sonrisa te ocupe la mayor parte de la cara.
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